Nunca quise ganar la aprobación de nadie. Cuando era niña yo no hacía monerías para caerle bien a alguien, sólo a veces intentaba llamar la atención de mi mamá, hasta que me cansé. Normalmente lo hacía llorando, luego ya no, ya ni lloraba, me enojaba, pero me callaba. Luego perdí la cuenta de mis intentos silenciosos. Hasta que un día dejé de hacerlo, aunque en el fondo, siempre intentara que aprobara algo en mí.
Ahora, lejos, una de la otra, creo que nos llevamos mejor que nunca. Ya no busco su aprobacin y ya no desespero con su indiferencia. Y no es que crea que ella haya aceptado lo que yo soy, sino que se resignó a saber que no importa cuántas veces diga lo mismo, siempre seré la misma y haré lo que yo diga.
Pasamos mucho tiempo inútilmente de tratar de entendernos, sobretodo yo, y aunque pude comprenderla, mi pasado, la niña que fui, no podrá cambiar lo que sintió, las veces que sola lloraba y se sentaba en las ventanas a observar mientras llovía y le hablaba a la palma y se inventaba historias y arropaba a sus muñecas y se decia una mala madre porque las olvidaba. Esa niña que no podrá cambiar jamás su historia y que siempre vivirá sola detrás de las ventanas que le muestran calles mojadas a las que no va a jugar porque sólo son un reflejo de cómo está por dentro.
Y ahora me conformo con saber que como cada domingo hablaré con ella sin pelear, que no le contaré nada trascendental y ella me contará todo lo que pasa en casa mientras no estoy. Me dirá te quiero y me mandará un abrazo. Creo que nunca nos habíamos dicho tantos te quiero. Quién nos diría que necesitaríamos siempre de un teléfono para ser realmente, madre e hija.
* * * *
Ahora, lejos, una de la otra, creo que nos llevamos mejor que nunca. Ya no busco su aprobacin y ya no desespero con su indiferencia. Y no es que crea que ella haya aceptado lo que yo soy, sino que se resignó a saber que no importa cuántas veces diga lo mismo, siempre seré la misma y haré lo que yo diga.
Pasamos mucho tiempo inútilmente de tratar de entendernos, sobretodo yo, y aunque pude comprenderla, mi pasado, la niña que fui, no podrá cambiar lo que sintió, las veces que sola lloraba y se sentaba en las ventanas a observar mientras llovía y le hablaba a la palma y se inventaba historias y arropaba a sus muñecas y se decia una mala madre porque las olvidaba. Esa niña que no podrá cambiar jamás su historia y que siempre vivirá sola detrás de las ventanas que le muestran calles mojadas a las que no va a jugar porque sólo son un reflejo de cómo está por dentro.
Y ahora me conformo con saber que como cada domingo hablaré con ella sin pelear, que no le contaré nada trascendental y ella me contará todo lo que pasa en casa mientras no estoy. Me dirá te quiero y me mandará un abrazo. Creo que nunca nos habíamos dicho tantos te quiero. Quién nos diría que necesitaríamos siempre de un teléfono para ser realmente, madre e hija.
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