Me sentaba en su colchón a platicar, me gustaba poner mi cabeza sobre ese carey bear rosita que alguien que le dijo que la quería, le regaló. Tomaba dos tacitas de café rico con canelita, que ella me preparaba. La escuchaba atenta hablar, la veía bailar y escuchaba también atenta su silencio frente a la compu. Siempre veía las mismas fotos pegadas en su pared y sus miles de cremas, casi todas, robadas.
Alegábamos de sus libros, a mi me gustaban todos esos cursis que a ella le regalaban y que ella consideraba aburridos, temía decirme que yo era una cursi, pero con todo y todo siempre escuchaba lo que tenía que decirle. No sé si creía en mi palabra, si me creía más firme, pero me hacía caso.
Y eso mismo sigo recordando, como yo veía mis pies sobre su colchón mientras hablábamos, las llamadas de los domingos y el café rico en su casa. Nunca Cotidiana.

Yo dormía en la cama tipo sillón frente a la compu, que compró su mamá para las visitas. En su casa siempre hay visitas. Casi toda la carrera nos sentamos una al lado de la otra. Yo comía mamuts y ella galletas de avena que no compartía con nadie. Tomábamos chocolate caliente. Cuando hablábamos en su cuarto yo me sentaba en la cama de al lado y ella de la suya, en la que nunca dormí. A veces, mientras hablábamos la veía hacer pasos de ballet y estirarse, estirarse, estirarse como gato, largo, largo y hablar y callar, siempre se callaba algo, que a veces me contaba, a veces no. Me esuchaba cuando debía y con pláticas intrascentes nunca me hacía caso. En su casa tomábamos jugo frío del refrigerador. Amanecíamos desveladas los domingos y su mamá nos esperaba con el desayuno listo. Creo que todos en su familia me vieron en pijamas. Siempre de negro, como bruja, para mi un hada. Nos gustaba bailar, 80´s siempre 80´s. Y eso extraño, tantos días juntas, siempre juntas.

Intentaba sentarme entre su desmadre del cuarto que ahora es rentado por alquien más. A veces me sentaba sobre la cama, otras sobre el suelo, a veces en el comedor, otras en la sala. Tomaba siempre un té rico de sabores diferentes, mientras los tic-tac de los relojes no dejaban de sonar. La escuchaba atenta y la dejaba convencerse de cosas que yo ya sabía no era lo que ella realmente sentía. Siempre comía con mucha sal y escondía de mí los sobres para que no la regañara. Tomábamos café de maquinita, del mismo lugar, a veces variaba el sabor. Discutíamos de música y la escuela. Pásabamos horas escribiendo en libretas en vez de poner atención a las clases. Éramos Robin hood y Batman. Yo 1.70, ella una 1.50. Siempre se sentó detrás de mi, para que con mi espalda pudiera cubrir las siestas largas que tomaba en las clases aburridas o cuando se desvelaba. Su carro siempre era un desmadre como su cuarto, pero no había nada que no tuviera. Su cabeza hecha bolas y olvidadiza pero siempre tenía tiempo para un café. Eso recuerdo, siempre guerrera como un jedi, siempre frágil como un Tulipán.

Siempre en Tijuana, siempre Urbanas.
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