miércoles, octubre 29, 2003

Me lo cuentas, no sé si porque realmente creas que ya sólo somos amigos, o porque en el fondo te gustaría saber que me hieres. Tenías un poder inegable sobre mí. Cierto, tan cierto como todas las veces que te vi llorar. Tan cierto como que te amaba, tan cierto como todas las veces que me pediste volver y tan cierto como que negaste (infructuosamente por cierto) que no me habías amado tanto.

Me lo cuentas, con tu frialdad de siempre esperando alguna reacción de mi parte, con seguridad mi sorpresa (también infructuosamente, porque ya no me sorprende). Me lo cuentas y no sé si porque te importe mi opinión como tu amiga, como tu ex, o por simple fastidio.

Tal vez porque esperas que cumpla mi promesa de regresarte aquel cd cuando ya no existiera (ella, por cierto). No sé para que me lo cuentas o cuál sea el fin.
Te haz vuelto de pronto tan impredecible o al mismo tiempo tan predecible, que prefiero seguir sin esperar nada de ti, al menos no nada leal.

Me lo cuentas, tal vez esperando que corra a tus brazos, porque ha llegado lo que tanto esperé. Pero así, en pretérito te lo repito. Lo esperé... un día abrí la puerta y me fuí. Si vuelves... (no lo harás porque lo sabes) verás que ya no hay nadie.
Te esperé, sí que te esperé... te extrañé, si que lo hice, pero también me marché donde tu voz no pudiera tener poder sobre mí como la vez que te amé.

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