Las lágrimas son saladas. Ni por que son de felicidad saben bien. Siempre son saladas. Las almohadas se mojan seguido de ellas, las teclas del teclado de la computadora que usas para escribir. A veces se guardan, a veces se escapan. A veces pasan años encerradas en lugares profundos y no son como el vino, no se mejoran su sabor con los años, todo lo contrario, ésas, que se quedaron guardadas, duelen más al querer sacarlas.
A veces me gustaría saber llorar y hacer dramas frente al mundo, pero no sé hacerlo. Jamás, frente a nadie, puedo llorar. A veces me gustaría poder chillar tan fuerte como un bebé y sacar, sacar todas las lágrimas que viven pastando de mis recuerdos y que en manada han querido escapar y que a veces, de 10 en 10 han podido darse a la fuga. Pero no, no sé llorar frente al mundo.
Tal vez Rosita tenga razón, si hablo y hablo es porque si me callo lloro. Tal vez.
Mientras sigamos guardando lágrimas.
No me gustan ahora los silencios.
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