Un pick up nos rebasó a mí y a Federico mientras buscábamos la calle de la tokada, era sábado por la noche.
De pronto la calle se hace más angosta, una mujer corre y brinca como loca mientras un carro, en la calle angosta, trata de dar la vuelta en u y sus llantas rechinan, otro hombre grita despavorido y mis ojos y los de Liza sólo se hacen más grandes. El pick up que nos rebasó atropelló a un muchacho, Federico y yo nos bajamos, llamamos a emergencias y ayudamos (moralmente creo) un poco a la familia. El tipo estaba consciente, al menos no estaba muerto. Llegó la ambulancia y nosotros seguimos buscando la tokada. El pick up se peló.
La tokada era una parvada de niños ricos haciendo ridículos en la calle y presumiendo el carro nuevo que papá le compró. Más tarde llegó “La Sandrita” y platicamos, aunque sé que las dos queríamos hablar de muchas cosas, pero nuestros acompañantes no nos lo permitieron. Todo en ese día parecía estar mal, no sólo las compras con mi mamá, el atropellado y una mala noticia que me dieron por msnger, sino que para rematar el día, estaba yo entre una manada de niños ricos y babosos, con su moda Paulina Rubio creyendo que realmente el punk les gusta. No me importaba mucho, al menos estaban comprando los cds de los Bye Sami.
Y sí, el sábado parecía haber apestado desde que me levanté, pero ya era la madrugada del domingo, al menos podría mejorar y mejoró.
Comenzaron a tokar los Samis, el sonido era fatal, típico de una fiestecita en la que se oye todo por ningún lado, pero de pronto, todos los morritos, reales fans de los samis, ahí estaban coreando y bailando todas las canciones. De pronto me sentí parte de los samis, no podía quitarme una estúpida sonrisa de la cara. Ahí estaban mis amigos, esos weyes con los que salgo a verlos pistear y decir babosadas, ahí estaban, tokando para un grupo de morros a los que realmente les gusta su música. Hacía tanto que no percibía tanta energía y yo creo que estaba en el ambiente, cuando terminaron de tocar y después de acercarme a abrazar a Iván, Julio quien sudado nunca se te acerca me abrazó muy fuerte, creo que los dos sabíamos que no importaba que tan malo fuera el sonido, los morros habían cantado por los Bye Samiy creían en ellos. “Wow”, pensé yo, “los Samueles si que la están armando”.
Al final no apestó tanto el día.
* * * *
De pronto la calle se hace más angosta, una mujer corre y brinca como loca mientras un carro, en la calle angosta, trata de dar la vuelta en u y sus llantas rechinan, otro hombre grita despavorido y mis ojos y los de Liza sólo se hacen más grandes. El pick up que nos rebasó atropelló a un muchacho, Federico y yo nos bajamos, llamamos a emergencias y ayudamos (moralmente creo) un poco a la familia. El tipo estaba consciente, al menos no estaba muerto. Llegó la ambulancia y nosotros seguimos buscando la tokada. El pick up se peló.
La tokada era una parvada de niños ricos haciendo ridículos en la calle y presumiendo el carro nuevo que papá le compró. Más tarde llegó “La Sandrita” y platicamos, aunque sé que las dos queríamos hablar de muchas cosas, pero nuestros acompañantes no nos lo permitieron. Todo en ese día parecía estar mal, no sólo las compras con mi mamá, el atropellado y una mala noticia que me dieron por msnger, sino que para rematar el día, estaba yo entre una manada de niños ricos y babosos, con su moda Paulina Rubio creyendo que realmente el punk les gusta. No me importaba mucho, al menos estaban comprando los cds de los Bye Sami.
Y sí, el sábado parecía haber apestado desde que me levanté, pero ya era la madrugada del domingo, al menos podría mejorar y mejoró.
Comenzaron a tokar los Samis, el sonido era fatal, típico de una fiestecita en la que se oye todo por ningún lado, pero de pronto, todos los morritos, reales fans de los samis, ahí estaban coreando y bailando todas las canciones. De pronto me sentí parte de los samis, no podía quitarme una estúpida sonrisa de la cara. Ahí estaban mis amigos, esos weyes con los que salgo a verlos pistear y decir babosadas, ahí estaban, tokando para un grupo de morros a los que realmente les gusta su música. Hacía tanto que no percibía tanta energía y yo creo que estaba en el ambiente, cuando terminaron de tocar y después de acercarme a abrazar a Iván, Julio quien sudado nunca se te acerca me abrazó muy fuerte, creo que los dos sabíamos que no importaba que tan malo fuera el sonido, los morros habían cantado por los Bye Samiy creían en ellos. “Wow”, pensé yo, “los Samueles si que la están armando”.
Al final no apestó tanto el día.
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